I. Sexto Kyu: la inocencia

—Adelante, podéis pasar.


Los cinco adolescentes obedecieron cohibidos, pisando la resplandeciente madera del dojo con sus pies desnudos como si temieran que se fuera a hundir bajo sus pies.

Su actitud temerosa no estaba reñida con su curiosidad juvenil. Miraban a su alrededor escudriñando cada uno de los detalles de aquel recinto nuevo para ellos que, si todo iba bien, iba a formar parte de sus vidas a partir de entonces. Se trataba de una estancia espaciosa y rectangular, casi cuadrada, pues a simple vista se podía comprobar que su anchura solo era ligeramente inferior a su longitud. Era totalmente diáfano, excepto por un par de columnas, que estaban forradas de un material esponjoso pero firme, parecido al de los tatamis de judo, para evitar contusiones. La pared que enfrentaba la puerta de entrada estaba cubierta de lado a lado por un gran espejo.

A la izquierda y a la espalda de los chicos, colgaban varios motivos orientales de significado desconocido para ellos, sin llegar a ser recargado. En la pared de la derecha aparecía colgado un hermoso lienzo: estaba coronado por una inscripción en caligrafía artística japonesa. Por debajo de ella, el dibujo de un cuenco que parecía roto y recompuesto. Finalmente, en la parte inferior, con caracteres occidentales, aparecía la palabra que daba nombre al dojo: Kintsugi. Evidentemente, se trataba de la traducción de la inscripción en japonés.

En la pared opuesta, colgaba otro lienzo de características similares, salvo por el tamaño, que era inferior. En este caso, la palabra en escritura occidental que se encontraba en la base, era “Naru”, y la imagen central, un árbol frondoso y de tronco recio, con profundas raíces, el mismo que aparecía serigrafiado en la espalda de sus karateguis recién estrenados. El suelo estaba cubierto de madera barnizada. Por ello, a primera vista daba la impresión de estar húmeda, pero tenía una textura ligeramente rugosa, lo cual desmentía la impresión inicial. Sus pies se afianzaban con seguridad.

—Acercaos, por favor. Poneos en una fila frente a mí, uno al lado del otro —indicó el maestro.

El grupo, formado por dos chicas y tres chicos, siguieron las indicaciones de forma algo torpe, dudando en qué lugar colocarse, tropezando entre sí. El chico africano producía un siseo al moverse, debido a que tenía dos piernas biónicas. Los brillantes asomaban por los camales del pantalón, Sus pasos, evidentemente, eran más ruidosos que los del resto, si bien menos de lo que podría esperarse de un material metálico. Los demás chicos le dirigían miradas de curiosidad con poco disimulo. Su lenguaje corporal y su expresión denotaban nerviosismo e incomodidad. El maestro esperó pacientemente, y una vez estuvieron colocados, inició su presentación:

—Bienvenidos al Kintsugi Dojo. Mi nombre es Samuel Urriaga, pero vosotros me llamaréis Sensei, que significa Maestro en japonés.

El Sensei Urriaga era un hombre de cabello castaño, de unos cuarenta años aproximadamente, estatura media y complexión fuerte. Sin duda, sus ojos eran lo más llamativo de su rostro, no por su especial belleza, tamaño, color o forma, sino por la fuerza de su mirada. Llevaba un karategi raído y amarillento, fruto sin duda de numerosos entrenamientos y sus sucesivos lavados, que contrastaba con la blancura de los karategis recién estrenados de los muchachos y muchachas que tenía frente a sí. El cinto negro que ceñía su talle lucía cinco rayas doradas en uno de sus extremos, lo cual indicaba su grado: cinto negro quinto DAN.

—Empezaré por unas indicaciones iniciales —continuó—. Al entrar al dojo debéis saludar. Colocáis los pies paralelos y separados a la anchura de vuestros hombros, aproximadamente; cruzáis los brazos por delante del pecho con los puños cerrados mientras tomáis aire, y los bajáis enérgicamente mientras lo expulsáis, como si quisierais dar un golpe, hasta la altura de las caderas, pero un poco por delante de ellas, así. —El Sensei llevó a cabo el movimiento que acababa de describir—. Al final, inclináis ligeramente el tronco hacia adelante sin dejar de mirar al frente y decís: ¡Us! Intentadlo vosotros.
Los chicos obedecieron, unos con más éxito que otros. Cuando quedaron en la posición indicada, el Sensei prosiguió su introducción.

—Todo alumno, al comenzar la práctica, posee el sexto kyu. En castellano, kyu significa grado. El sexto kyu está representado por el color blanco, que simboliza la inocencia, o dicho de otro modo, que vuestros cuerpos y vuestras mentes están vacíos de cualquier conocimiento de Karate. Conforme vayáis adquiriéndolo y esa inocencia vaya desapareciendo, aumentareis vuestros grados, previa superación de los correspondientes exámenes, por supuesto. La escala sigue un orden decreciente, de manera que a más nivel de conocimientos y por tanto, de grado, el número que lo representa es menor, hasta llegar al primer kyu (cinto marrón). Después de este, si perseveráis y superáis el examen, obtendréis el SHO-DAN.

SHO-DAN

El Sensei dio unos pasos mirando la pulida madera y después continuó.


—Todos los presentes habéis sido seleccionados para practicar karate por Rosa, la trabajadora social que se encarga de vuestro instituto. Sois beneficiarios de uno de los programas de juventud del Ayuntamiento. Vuestras clases y equipo serán sufragados por los servicios sociales y eso es de agradecer. No se os pide nada a cambio más que interés y esfuerzo en el entrenamiento, respeto entre vosotros y hacia mí. Como todavía no sé nada de vosotros salvo vuestros nombres, curso y edades, y entre vosotros tampoco os conocéis mucho, antes de empezar a entrenar, me gustaría que todos nos presentáramos, y que cuando os llegue el turno me digáis algo de vosotros mismos, por qué estáis interesados en aprender karate y cualquier otra cosa que os apetezca compartir.

Rosa le había descrito cuidadosamente la problemática de cada uno de los chavales, pero aunque el Sensei no solía mentir, creía interesante que los chicos se presentaran ante él y los demás.

—A ninguno de vosotros se os ha obligado a participar en el programa, se os propuso esta posibilidad y aceptasteis, luego algún motivo tendréis para estar aquí —prosiguió¬—. Así que, si os parece, comenzaré yo para romper el hielo: ya os he dicho mi nombre, tengo cuarenta y dos años, y de joven viví varios años en Japón para aprender Karate. Trabajaba por el día e iba a clases nocturnas de karate, hasta conseguir el cinto negro primer DAN, o SHO-DAN en japonés. Continué un tiempo allí, hasta obtener el segundo DAN. Después pensé que ya era hora de volver y abrir mi propio dojo, en el cual me he ganado la vida hasta ahora impartiendo clases de este arte marcial. Aquí he seguido profundizando en él hasta obtener mi grado actual, que es quinto DAN.


Fuera de su dojo, el Sensei era un hombre lacónico, pero en él, la parquedad se tornaba elocuencia. Allí se sentía en su elemento y era dado a pronunciar discursos. A pesar de la duración de sus pláticas, en ocasiones excesiva, estas no solían aburrir a su audiencia, dada su profundidad e intensidad. Era evidente que su profesión le apasionaba, y solía contagiar este entusiasmo a sus alumnos. Por otra parte, sabía escuchar, y jamás interrumpía a un alumno cuando este deseaba expresarse, a no ser que fuera irrespetuoso. Por tanto, sus alumnos solían pagarle con la misma moneda.

—Bien, ahora os toca a vosotros —dijo el Sensei, zanjando su introducción y mirando al chico que ocupaba el extremo izquierdo de la fila. No era muy alto para su edad, pero era de complexión fuerte, anchos hombros y recias extremidades. Sus ojos, de expresión pícara, eran ligeramente rasgados y su piel, morena con un matiz rojizo. Su pelo, corto en los laterales y el cogote, más largo y alborotado en la parte alta, era grueso, liso y de un negro intenso.

—Yo me llamo Alberto, tengo catorce años, y estoy aquí porque quiero ser fuerte y llegar a ser un campeón de karate, ganar muchas medallas y trofeos.

El Sensei no pronunció palabra ni hizo gesto alguno de aprobación o desaprobación. Simplemente esperó hasta cerciorarse de que Alberto había terminado y pasó su mirada al siguiente:

—Soy Hamdi, tengo trece años. Quiero aprender a luchar para defenderme, y para acabar con las burlas sobre mis piernas y el color de mi piel.

el chico hablaba perfectamente español, pero conservaba un ligero acento.

— Cómo las perdiste? —la pregunta provenía de la chica de aspecto más aniñado del grupo, que estaba a un par de puestos de Hamdi.

— No creo que a Hamdi le apetezca contar ahora cómo perdió sus piernas —interrumpió el Sensei, temiendo que la incomodidad de Hamdi aumentara

— Tiempo habrá de ello cuando nos conozcamos mejor, si él lo considera oportuno.

— No, no pasa nada —dijo Hamdi—. Hace años, en mi país, pisé una mina anti-personal. Pero tuve suerte. Un hombre me ayudó e hizo unas piernas para mí. Me dijo que son experimentales, y que si funcionan bien conmigo y encuentra a alguien que le ayude con el dinero, hará más para otros niños sin piernas.

— ¿Cómo funcionan? —interrogó tímidamente el chico rubio que tenía Hamdi a su lado.

—Llevan baterías muy potentes. Debo vigilarlas para que no se descarguen, sobre todo los días que hago ejercicio o camino más, pero tienen mucha capacidad y nunca me han dejado tirado. Sigue los movimientos que yo hago con mis caderas, pero hizo falta mucho esfuerzo para poder dominarlas. Espero que me permitan hacer karate.

—Pues molan mucho —dijo Alberto.

—Sí, pero molaría más conservar mis piernas.
La respuesta dejó helado a Alberto, y se impuso un tenso silencio.

—Sigamos con las presentaciones —dijo el Sensei, dando por finalizada la intervención de Hamdi. Su capacidad de observación le indicaba que el chico, en su primer contacto con sus compañeros, se había ganado el respeto de todos, y la admiración de más de uno. La mirada del maestro se posó sobre el tímido chico que había sentido curiosidad por el funcionamiento de las piernas de Hamdi. Era alto, delgado y rubio. Sus ojos pardos destilaban cierta tristeza.

—Yo soy Luís, tengo trece años, casi catorce, y también quiero aprender a defenderme para que dejen de meterse conmigo.

El orden que había reinado hasta entonces se rompió cuando Alberto soltó un bufido y susurró: “niño pijo”.


—¡Cierra la boca! —respondió al instante Luís.

—¡Silencio los dos! —el tono y la mirada del Sensei no daban oportunidad de réplica.
Su mirada se posó en la siguiente alumna, la que había abierto la ronda de preguntas sobre las piernas de Hamdi. Era regordeta y de estatura baja, su cabello, espeso y negro azabache, descendía hasta sus hombros, formando ondulaciones. Tenía unos profundos e inteligentes ojos negros.

—Me llamo Samina, tengo doce años. Soy de Marruecos, aunque también soy española. Mis padres son de allí, pero emigraron a España cuando yo era un bebé. Algunos veranos viajamos a Marruecos para ver a mis abuelos, tíos, tías y primos, pero no todos porque el viaje es caro y agotador. Y respecto al karate, espero que me ayude a adelgazar, por lo menos eso dice la trabajadora social.

El Sensei sabía que aquello era una excusa que Rosa había utilizado para motivar a Samina, pero evidentemente, guardó el secreto—. Si es así, seré la mejor karateka del mundo.


No había que ser un lince para darse cuenta de que a Samina le gustaba mucho hablar. Rosa le había contado que, a pesar de su carácter alegre y sociable, tenía problemas en el colegio. Era objeto de burlas y humillaciones por parte de varios compañeros, tanto chicos como chicas. Su sobrepeso, su inteligencia, que le permitía sacar notas brillantes casi sin esfuerzo, y el estigma que pesa sobre la población marroquí, la convertían en blanco de estas crueles conductas. Sin embargo, Samina no hizo mención alguna de esto.


Al terminar la presentación de Samina, resonó un nuevo bufido-risa de Alberto, que fue instantáneamente reprimido por la mirada severa y penetrante del Sensei.

—Es la segunda vez que te burlas de un compañero. No toleraré más faltas de respeto hacia un compañero o compañera. En este dojo se admite la risa y el humor, siempre que sea bienintencionado y fomente la camaradería y el compañerismo, pero jamás se admitirá la burla, ¿entendido? —Alberto asintió—. Y esto va por todos —concluyó el Sensei, abriendo su mirada al grupo entero.

—Como si no hubiera ocurrido nada, Samina alzó la mano. Antes de perder la posesión de la palabra, debía aclarar una duda que la inquietaba.

—¿Debemos tratarle de usted o podemos tutearle?

—Podéis tutearme. No creo que sea una señal de falta de respeto. Se puede respetar a alguien tuteándole y se le puede perder el respeto tratándole de usted. El respeto y la autoridad se ganan, no se imponen. Es tarea mía ganármelos con mis palabras y sobre todo con mis actos, no a través de tratamientos rígidos que pongan distancia entre nosotros. En las lenguas de muchos pueblos no existe la distinción entre tú y usted. Sin embargo, la mayoría tienen como valor indispensable el respeto a los padres, ancianos, maestros, etc.
Hecha la aclaración, posó su mirada en la chica del extremo. Era alta, delgada y tenía unos enormes ojos verdes. Una greña de su pelo castaño, corto y liso, caía rebelde sobre su ojo derecho, sin que ella se molestara en apartarlo. Su rostro estaba dividido en dos partes asimétricas por una larga cicatriz que nacía en su frente, pasaba burlona y sinuosa por entre sus ojos, hasta desembocar en su mejilla derecha. Aunque el rostro del Sensei permanecía imperturbable, su corazón se turbó al pensar en lo mal que se debía sentir la muchacha en los principios de la adolescencia con aquella marca a la vista de todos.

—Yo soy Irma, tengo catorce años —la chica elevó el mentón al comenzar a hablar. Su tono de voz era desafiante—, y quiero llegar a ser experta en karate para matar a mi padre.

Rosa había puesto en antecedentes al Sensei sobre el pasado de Irma. Era hija de una víctima de violencia de género. Su padre había estado a punto de matar a su madre y durante la agresión, Irma había resultado herida. A pesar de conocer la escabrosa historia, la abierta declaración de intenciones de Irma, cruda y sin tapujos, lo descolocó. No obstante, el Sensei consiguió mantener la neutralidad de su expresión.

Un silencio pegajoso cayó sobre el dojo. Al cabo de unos segundos, Samina carraspeó varias veces, como si tuviera algo en la garganta de lo que no consiguiera deshacerse, Luís comenzó a pasar el peso de su cuerpo de un pie a otro, Alberto parecía haber sido invadido por una colonia de piojos a juzgar por la insistencia con que se rascaba la cabeza, y Hamdi había clavado la mirada justo entre sus pies biónicos, como si intentara localizar allí algún objeto perdido de gran valor.

—Bien, vamos a comentar vuestros objetivos —dijo finalmente el Sensei, recuperado de su desconcierto—. Alberto, el karate fortalece el cuerpo, pero eso solo es un medio para conseguir un fin, que es fortalecer el espíritu. Ganar medallas y trofeos es agradable, desde luego, no niego que pueda motivar en el aprendizaje del karate. Posiblemente en el futuro os inscriba en algún campeonato para que tengáis la oportunidad de mediros con otros contrincantes que tengan otras características diferentes a las de este grupo; pero la victoria por sí misma no es el fin último del karate ni de ningún otro arte marcial. Te garantizo, Samina —prosiguió mirando a la chica—, que vas a perder peso practicando karate. Es un objetivo legítimo, y además sano, pero tampoco es uno de los fines esenciales del karate. Por el contrario, el objetivo de Hamdi y Luís, la autodefensa, sí que es uno de ellos, pero no el único. Y por último, Irma, la venganza es opuesta a cualquier principio o ideal de los que propugna el karate. Es más, es contraria a su esencia. —Clavó su mirada de halcón en la chica, quien la sostuvo desafiante—.

—Aprenderéis a golpear con brazos y piernas —continuó, mientras emprendía un paseo alrededor del grupo–, pero cualquiera puede dar patadas y puñetazos. El karate es mucho más que eso. El karate no es fuerza bruta, no consiste en esforzarse en ser el mejor, el que pega más fuerte, o en ser el más rápido. El karate es respeto, concentración, disciplina, es control del cuerpo y de la mente. Cuando el cuerpo está exhausto, la mente sigue ahí, fresca, sosteniendo al cuerpo, lo mantiene en pie, luchando. Ya no golpea el cuerpo, golpea la mente. Y siempre deberá hacerlo por un fin noble, sin perseguir jamás propósitos egoístas ni abusivos. Eso es karate. El mejor karateka no es el que tiene el cuerpo más fuerte, sino el que tiene la mente más fuerte. El verdadero karateka no lucha por ganar campeonatos, medallas ni copas; lucha contra sí mismo, para controlar su cuerpo y su espíritu. No todo el mundo tiene la fuerza interior necesaria para ser un karateka de verdad, veremos si vosotros la tenéis. Al principio golpearéis con los brazos, con las piernas, con los codos, con las rodillas y yo os diré: “No golpeéis con vuestro puño, ni con vuestro pié, codo o rodilla. Golpead con todo vuestro cuerpo”. Después de mucho entrenamiento, golpeareis con todo vuestro cuerpo, y yo os diré:

“No golpeéis con vuestro cuerpo, golpead con vuestra mente”.

Samina y Luís intercambiaron miradas de extrañeza. Luís alzó la mano, como si estuviera en el instituto.


—¿Sí?

—No entiendo lo que significa golpear con todo el cuerpo. Cuando golpeas, lo haces con el pie o con el puño o con otra parte del cuerpo ¿no?

—Si golpeas con el puño, por ejemplo, toda la fuerza de tu cuerpo en el instante del golpe, se concentra en un centímetro cuadrado, es decir, la superficie de tu nudillo. Y eso se consigue porque todo tu cuerpo está generando energía y enviándola a ese punto. Las piernas empujan con sus potentes músculos gracias a los pies, que se apoyan firmemente en la tierra. La cadera gira y proyecta hacia adelante toda la fuerza de la espalda y de los hombros. Finalmente, los brazos recogen toda esta energía, contribuyen con la suya, la canalizan hacia la mano y finalmente, llega al nudillo. Imagina la lluvia en la montaña. El agua forma pequeños hilillos de agua que van uniéndose y formando riachuelos, que van uniéndose a su vez hasta formar torrentes, que nuevamente se unen hasta formar un gran y caudaloso río que puede mover rocas de toneladas de peso y acaba por desembocar en el mar y contribuir a su fuerza devastadora. Es el mismo principio.
—¿Y la mente? ¿Cómo se puede golpear con ella? —insistió Luís.

—Eres muy curioso, Luís, y eso es bueno, pero si te ha costado entender cómo se golpea con todo el cuerpo, ahora no vas a entender cómo se golpea con la mente. Es lógico, pues todavía no habéis empezado a entrenar, pero ten paciencia, es algo que se descubre con el tiempo y con mucho entrenamiento. En la vida, hay cosas que no se aprenden con palabras, y unas cuantas de ellas te las puede enseñar el karate, pero hay que ser paciente. La paciencia es una de las virtudes del karateka. Quien no posea esta cualidad, jamás puede ser un buen karateka y acabará abandonando el entrenamiento.

—¿Qué significa Kintsugi?

La benjamina del grupo, no por ello la menos atrevida, volvía al ataque. El Sensei sonrió, evidentemente complacido por la pregunta.

—Precisamente estaba a punto de explicarlo. Kintsugi, o kintsukuroi, no tiene traducción directa al castellano, por tratarse de un concepto complejo que se incorporó a la filosofía japonesa después de un suceso aparentemente trivial. Os contaré la historia que le da origen. El Shogun Ashikaga Yoshimasa poseía un cuenco de cerámica de gran valor para él. Desconozco si el valor era material o sentimental, probablemente ambos. La cuestión es que un día el cuenco cayó al suelo y se rompió. El Shogun, entristecido, recogió cuidadosamente hasta el más pequeño de los fragmentos, con la esperanza de poder recomponerlo. Tras pasar por varias reparaciones sin que el resultado lo satisficiera, lo envió a un humilde artesano, que tenía fama de poseer una infinita paciencia, y dar un toque artístico a sus reparaciones. El Shogun dio órdenes a sus súbditos de que le transmitieran que no reparara en gastos ni esfuerzos. Si el resultado complacía plenamente al Shogun sería generosamente recompensado. Así pues, el artesano, consciente de la responsabilidad que tenía en sus manos, ansioso de obtener la recompensa, pero todavía más de no suscitar las iras del Shogun si fracasaba, echó mano de toda su creatividad. Aceptando el hecho de que era imposible ocultar por completo las uniones entre los numerosos fragmentos del objeto, embellecería dichas uniones. Para ello, echando mano de todos sus ahorros, utilizó un barniz de la mejor calidad y lo mezcló con polvo de oro. Unió todas las piezas entre sí con la hermosa cola resultante y cuando estuvo seguro de que el resultado era imposible de mejorar, lo entregó a los sirvientes del Shogun. Este, que después de los fracasos previos, no tenía demasiadas esperanzas, quedó maravillado. El cuenco era todavía más bello que antes. Cumplió su promesa y recompensó generosamente al artífice, al cual volvería a recurrir en numerosas ocasiones, considerándolo más un artista que un simple artesano. Con el tiempo, la historia se transmitió oralmente y adquirió enorme popularidad. Finalmente se incorporó a la filosofía japonesa por su simbolismo y por las implicaciones que supone, más allá de cuencos y otros objetos, hacia las personas.

—¿Crees que somos cosas rotas? —Irma no había abandonado su tono desafiante.

—Sí —respondió sin tapujos el Sensei—, creo que estáis rotos como muchas otras personas en el mundo, como yo mismo. Y también creo que todos tenemos reparación. Y como nos transmite esta historia, después de la reparación podemos ser mejores que antes, más fuertes, más maduros, descubrir una versión mejorada de nosotros mismos. Podemos llegar a ser lo que aspiramos a ser a pesar de las cicatrices, o quizás, gracias a ellas. Quienes más probabilidades tienen de fracasar por falta de perseverancia son aquellos supuestos privilegiados que no necesitan esforzarse por nada porque lo tienen todo. Esos nunca desarrollarán su fuerza interior porque jamás han tenido un problema grave, algo que los obligue a sobreponerse y a luchar. A la mínima adversidad se derrumban. Sin embargo, quien ha tenido que enfrentarse a múltiples dificultades, desafíos e incluso traumas en su vida y ha logrado salir a flote, no se rinde. Sabe que puede con cualquier adversidad, y sus cicatrices son testigos de ello. No os fiéis de aquellos que dicen ser guerreros y no tienen ni una sola cicatriz. Y esto —en este punto de su disertación, el Sensei se volvió hacia el otro lienzo que adornaba el dojo— nos lleva al lienzo que enfrenta a Kintsugi, que está directamente relacionado con él. Kintsugi conduce a Naru, que significa «llegar a ser, evolucionar», y como veis, lo he representado con un árbol, que me parece el mejor símbolo para representar el crecimiento físico y espiritual, la evolución. Lo elegí como emblema del gimnasio porque creo que aúna perfectamente los dos conceptos: Kintsugi y Naru. El significado es más directo e intuitivo que el cuenco reparado.

El Sensei se quedó pensativo unos segundos.

—¿Os gusta el Manga? –preguntó, saliendo súbitamente de su ensoñación.

Hamdi y Luís asintieron con entusiasmo. El resto, también lo hizo, pero con menos vehemencia.

—Bien, pues entremezclados con la fantasía que lo caracteriza, el Manga incluye elementos de la cultura y de la filosofía japonesa. En muchas de las series Manga, los protagonistas “evolucionan” a estados en los que su poder aumenta exponencialmente. Y esto lo suelen lograr después de mucho esfuerzo, entrenamiento y superando pruebas muy duras. Esto está íntimamente relacionado con Naru y Kintsugi, y como veis, son conceptos profundamente arraigados en la cultura japonesa, hasta el punto de impregnar un producto de entretenimiento como el Manga, pero que ha adquirido tal magnitud que se podría considerar como una mitología japonesa moderna. Muchos de los personajes del Manga están rotos, tienen detrás historias duras y en ocasiones, dramáticas. Pero mediante su espíritu de lucha y su perseverancia, llegan a convertirse en superhéroes. Así que, como veis, no sois los únicos que están rotos. Si incluso el Manga refleja el sufrimiento del ser humano es porque el mundo es despiadado y está lleno de injusticias y tragedias. Pero también existe la alegría, la justicia, la amistad, la solidaridad, el honor… Y es posible encontrarlas y, más importante aún, incorporarlas a nuestro ser y actuar en consecuencia.

Luís había permanecido embobado durante el relato y las explicaciones del Sensei. Toda aquella simbología le había impresionado profundamente. Lo invadió una gran emoción, algo que no experimentaba hacía mucho. Sintió que, a pesar de ser un recién llegado, pertenecía a aquel dojo, que posiblemente fuera su hogar, más que cualquier otro lugar en el que hubiera estado, incluido el piso que habitaba actualmente junto a su madre. Volvió al presente justo a tiempo de oír lo que añadía el Sensei.

—Como último paso antes de empezar a entrenar, quiero explicaros algo: todo alumno que entrene en este dojo ha de firmar la promesa de karateka obligatoriamente. Os leo su contenido:

1. Utilizaré mis conocimientos de karate con humildad y comprensión hacia mis semejantes.

2. Obdeceré y respetaré en todo momento a mi maestro.

3. Trataré con respeto y consideración a mis compañeros y me esforzaré por no causarles daño alguno durante los entrenamientos.

4. Me comprometo a utilizar el karate como vía para mi desarrollo físico, mental y espiritual, renunciando a cualquier tipo de violencia o competitividad dentro del dojo.

5. Fuera del dojo, utilizaré mis conocimientos de karate como último recurso, y solo cuando mi integridad física o la de un ser querido se vea amenazada. Renuncio a utilizarlos para la venganza, dañar a personas o animales sin justificación, o exhibiciones en público.

6. Fomentaré los valores de compañerismo y solidaridad con mis compañeros.

7. No utilizaré un grado superior al que me ha sido concedido.

Seguidamente, el Sensei repartió entre sus nuevos alumnos pequeñas hojas rectangulares con el texto de la promesa que acababa de leerles y un bolígrafo a cada uno.
—Dejad los bolígrafos y leedlas atentamente —advirtió el Sensei—. Aunque yo las haya leído en voz alta, debéis repasar cada punto, comprender su significado y estar plenamente decididos a cumplirlo, pues como os he dicho se trata de una promesa. No es un simple trámite que vayamos a olvidar. Os exigiré su cumplimiento y si en algún momento la rompéis, os recordaré que firmasteis, reservándome el derecho de expulsar a quien reincida o se niegue a cumplir su compromiso. Si tenéis alguna duda, preguntadme. Firmad solamente si estáis totalmente seguros de que seréis capaces de cumplir vuestra promesa.
Todos y cada uno de los chicos se concentró en la lectura. Al cabo de un par de minutos de silencio, Alberto alzó la mano.

—¿Sí, Alberto?

—Aquí dice que solo podemos utilizar el karate en caso de que alguien nos quiera hacer daño a nosotros o a alguien querido, como un familiar, supongo. Pero, ¿y si vemos que están haciendo daño a alguien que no conocemos? ¿Podemos ayudarlo?
El Sensei, con las manos a la espalda, respondió inmediatamente la duda de Alberto mientras paseaba por el dojo, hablando pausada pero firmemente y eligiendo con cautela cada palabra que decía, dada la delicada cuestión que acababa de plantear uno de sus recién incorporados alumnos:

—Estas reglas no pueden recoger todas las circunstancias con las que os podéis encontrar fuera del dojo. Utilizadla como una guía general que os oriente. Por lo demás, deberéis aplicar el sentido común, la ética y sobre todo, la humanidad. Dicho esto, Alberto, si eres testigo de que alguien, aunque sea un desconocido, está siendo objeto de una agresión o abuso, y está en gran desventaja, sea esta numérica, sea por la diferencia de fuerza o porque el agresor vaya armado, lo primero que debes hacer es avisar a la policía. Pero en el caso de que no haya tiempo de ello o sea imposible por cualquier razón, no solo puedes, sino que debes intervenir para equilibrar las fuerzas. El Universo tiende al equilibrio, y un karateka ha de colaborar siempre con el Universo. Pero en cualquier caso, la decisión depende de ti. Deberás valorar en cada caso si tu intervención es necesaria y justa, o si en ella puedes resultar gravemente herido o incluso muerto. Es una gran responsabilidad, pues las manos y los pies de un karateka son armas mortíferas que no deben ser utilizadas a la ligera. Espero haber contestado a tu pregunta.

Alberto asintió y firmó de inmediato. Poco a poco, cada uno a su ritmo, acabaron firmando. Todos excepto Irma. Cuando el Sensei se percató de ello, se dirigió a la muchacha:

—¿Algún problema, Irma?

—No puedo firmar esto —respondió, tendiendo el papel y el bolígrafo al Sensei.

—¿Por qué? —el Sensei no hizo movimiento alguno para aceptar los objetos. La chica quedó con el brazo extendido sujetándolos.

—Porque estaría mintiendo. No puedo cumplir ese juramento.

—No puedes esforzarte por entrenar tu cuerpo para desarrollar tu mente? ¿No puedes respetar a tus compañeros? ¿No puedes…?

—¡¡Ya sabes a qué me refiero!! —A pesar del tono agresivo de Irma, el Sensei conservó la calma.

—De acuerdo —con un gesto que Irma ni siquiera vio, el Sensei le arrebató el trozo de papel y el bolígrafo. La chica bajó el brazo, más relajada—. Tenemos un problema, —continuó el Sensei, dirigiéndose al resto de sus alumnos—, porque es condición necesaria que todo el que entrena en este dojo firme este juramento. El resto de vosotros habéis firmado, por lo cual estaréis pensando que no es justo que ella entrene en el dojo sin haberlo hecho.

Irma, que creía que el asunto estaba zanjado, puso los ojos en blanco y un rictus de desagrado se  instaló en sus labios.

El Sensei hizo una pausa. Era muy aficionado a estos silencios. Siempre los había utilizado en sus clases, desde el mismo momento de inaugurar el dojo. Estaba convencido de que así, los conocimientos y principios que intentaba transmitir, tenían más posibilidades de ser entendidos e interiorizados por sus alumnos. Cuando Einstein iba a la escuela, su maestro de matemáticas pensaba que era tonto porque se tomaba su tiempo para absorber plenamente lo que le explicaban. El Sensei no impartía matemáticas, pero pensaba que el principio era el mismo.

—Pero os diré una cosa: vamos a darle un voto de confianza, mejor dicho, cuatro votos de confianza. Y lo vamos a hacer porque en su negativa, aunque no lo parezca, hay algo noble: Irma es sincera, no quiere comprometerse a hacer algo que no puede o no quiere cumplir. Podría habernos engañado, callarse  y firmar, porque ella misma nos ha dicho que quiere ser una experta en karate, pero no lo ha hecho, y eso tiene bastante de honorable. Así que vamos a romper la hoja de su juramento en cuatro pedazos. Cada uno de vosotros se quedará con uno; debéis guardarlos bien en vuestras taquillas y aseguraros de que no se estropeen, porque algún día habréis de devolverlos a su legítima dueña. Le serán devueltos cuando os venza en combate. Si consigue vencer a los cuatro, juntaremos todos los fragmentos, los pegaremos y habrá de firmar o abandonar el grupo para siempre.

El Sensei rompió el papel en cuatro pedazos y los repartió, tal y como había dicho.

—¿Y si no nos vence a todos? —quiso saber Alberto.

—Habrá de marcharse igualmente.

—¿Por qué crees que voy a querer vencerlos y continuar en el grupo? —preguntó Irma a la defensiva.

—Porque creo sinceramente que deseas con todas tus fuerzas ser una verdadera karateka. Creo que esto te va, aunque no quieras admitirlo. Pero puede que me equivoque, porque nos acabamos de conocer. Es solo una intuición, pero me fío de mis intuiciones porque no suelo fallar. Si esta vez me equivoco y no tienes ningún interés en este grupo, no tendré ningún problema en permitir que salgas por esa puerta y no vuelvas jamás. De hecho, yo mismo te lo pediré. En ese caso, tu puesto será ocupado por otro chico u otra chica que lo valore más que tú y que acepte el compromiso.

—Bien, una vez aclarado este punto —continuó el Sensei—, vamos a empezar a entrenar.

Los nuevos alumnos iban a descubrir que las clases del Sensei consistían en un duro calentamiento, entrenamiento de técnica, katas[1] y kumite[2]. Cuando el Sensei explicó en qué consistían las katas, todo el grupo estuvo de acuerdo en que aquello era un rollo. El Sensei  hizo el siguiente razonamiento: “para ser buen combatiente es necesario tener una buena técnica, y para ello, a su vez, es necesario repetir las katas, decenas, centenas de veces”. Esto solo los convenció a medias, pero no tenían más remedio que aceptarlo; el Sensei era inflexible en cuanto al contenido de sus clases. En esta primera sesión, explicó las posiciones y técnicas más básicas e importantes: zenkutsu dachi[3], kokutsu dachi[4], Neko ashi Dachi[5], Kiba dachi[6] y kumite dachi[7], Mae Geri[8] y Mawashi Geri[9], Oi tsuki[10], Gyaku tsuki[11] y Shita tsuki[12]. Repitieron cada técnica al menos cien veces. Después el Sensei les introdujo en la kata más sencilla: Taikyoku sono ichi. Finalmente, hicieron una tanda de kumite, que como era lógico, fue un desastre, pero como dice un famoso proverbio indio, “la más larga caminata comienza con un paso”.

Al finalizar la clase, los cinco jóvenes estaban bañados en sudor y totalmente extenuados. El Sensei los animó. Les dijo que era totalmente normal acabar exhausto y sentirse perdido durante las primeras clases. Esto iría cambiando a medida que perseveraran en el entrenamiento.


[1] Kata = forma. Serie concatenada de técnicas encaminada a perfeccionar las mismas.[2] Combate.

[3] Posición adelantada.

[4] Posición atrasada.

[5] Posición del gato.

[6] Posición del jinete.

[7] Posición de combate (aunque las posiciones anteriores pueden ser consideradas de combate, se utilizan en las katas y para trabajar la técnica, mientras que Kumite dachi es la posición de combate real, con la guardia alta, mano abierta y una posición de piernas natural, con las rodillas ligeramente flexionadas.

[8] Patada frontal.

[9] Patada circular.

[10] Golpe de puño directo con el brazo adelantado (equivalente al “jab” en boxeo).

[11] Golpe de puño directo con el brazo atrasado (equivalente al “cross” en boxeo).

[12] Gancho.


Al día siguiente, el Sensei tuvo una reunión con Rosa, la trabajadora social, para valorar la primera clase. Se mostró preocupada por la reacción de Irma, pero felicitó al Sensei por la solución que había dado al conflicto. Partir la hoja de la promesa y repartirla entre el resto del grupo tenía un significado simbólico.

Además de democratizar la decisión de dar una segunda oportunidad a Irma, al involucrar a los demás chicos en ella, transmitía una idea de comunidad y responsabilidad con el grupo y de que las decisiones de un miembro afectaban al resto. Eso daría que pensar a Irma. Era una chica inteligente y Rosa estaba convencida que su actitud rebelde encubría una gran sensibilidad. Tenía el convencimiento de que recapacitaría.

Respecto  a Luís y Alberto, su antipatía mutua era conocida por ella. Por lo visto, el aspecto anglosajón de Luís, unido a su carácter tímido, reservado y algo huraño, había provocado cierta hostilidad en Alberto. Sin embargo, esta no era más que un reflejo del miedo al rechazo que sentía por su origen latinoamericano. Rosa advirtió al Sensei de que no se dejara engañar por las bravuconerías y chanzas de Alberto.

Aparentaba ser el menos necesitado de ayuda, pero no era así. En ocasiones había sufrido las actitudes racistas de otros compañeros, que lo hacían ponerse a la defensiva. Solo que en este caso, se precipitaba y malinterpretaba las reacciones de Luís, que no era racista ni mucho menos, solo otro chico con problemas. Los índices de violencia y delincuencia que castigaban el barrio en el que vivía Alberto, el mismo que Samina, completaban un cuadro de riesgo social. Había repetido un curso. Este era el motivo de que hubiera acabado en la clase de Luís, que era casi un año menor que él.

Su bajo rendimiento escolar no era debido a una falta de aptitudes ni mucho menos, sino a su desmotivación por los obstáculos ya mencionados. Practicaba Parkour con un grupo de chavales. Esto constituía un desahogo físico y psicológico para él. No obstante, necesitaba algo más.

Por otra parte, tenía una personalidad extrovertida, y era demasiado proclive a las bromas, algunas veces pesadas, lo cual complicaba su relación con algunos compañeros. No había maldad en ellas, pero Alberto no era consciente de que podía hacer sentir mal a otras personas. Los problemas familiares de Luís, su timidez y el acoso escolar que sufría, lo hacían reaccionar en exceso a las pequeñas provocaciones de Alberto.

Algunos profesores le habían relatado episodios de enfrentamientos verbales entre los dos chicos, pero no eran graves. Estaba segura de que, conociéndose mejor, acabarían aceptándose y respetándose. Tenían mucho más en común de lo que creían y quizás llegaran a ser amigos algún día.